Una exitosa novela como punto de partida (Cornelia, de Florencia Etcheves), una propuesta ligada al cine de género (un thriller psicológico con elementos perversos), un director con experiencia y profesionalismo como Alejandro Montiel (Las hermanas L., 8 semanas, Extraños en la noche, Un paraíso para los malditos) y una protagonista de indudable popularidad (Luisana Lopilato). La unión de todas estas características y talentos debería desembocar en una película entretenida pensada para un público masivo, pero -se sabe- el cine no es una fórmula matemática y esta vez el resultado final está bastante por debajo de las expectativas.

Perdida narra la historia de Manuela Pelari (Lopilato), una policía que -como le dicen una y otra vez- se involucra demasiado con cada misión que aborda. Y, pese a las advertencias y obstáculos, volverá a investigar el caso de su mejor amiga, Cornelia, que desapareció 14 años atrás durante un viaje estudiantil en pleno invierno patagónico.

Así, entre 2003 y 2017, entre Buenos Aires, San Martín de los Andes y las islas Canarias (porque hay una oscura organización dedicada a la trata de jóvenes para su explotación sexual), transcurre una película que -en sus mejores pasajes- remite a La chica del dragón tatuado, pero que en varios otros carece de la tensión, el suspenso, la profundidad psicológica, la potencia interpretativa, y la coherencia y las justificaciones suficientes como para que los bruscos giros del final no resulten arbitrarios y caprichosos.